hija de su pueblo

Ella es la última. La última de su casa y de las casas de sus hijos. Una historia de pérdidas que no siguen el patrón esperado. Madre que sobrevive a sus hijos y superviviente de hermanos menores.
La muerte la ha rondado desde que era muy pequeña. Con apenas tres o cuatro años, encarcelaron a su padre por rojo. Lo liberaron, con una condena de muerte en un sobre, de la que supo por casualidad gracias a la bondad de un desconocido. Cuando llegó al pueblo, fue perseguido y golpeado por una horda de vecinos ávidos de méritos y rescatado por el rico, que le brindó una casa en su hacienda, donde vivir y trabajar para él. Y ella lo vió. Una niña en un pueblo pequeño, donde las maldades florecían como mala hierba, vió a su padre maltratado por vecinos fascistas, recogido y contrayendo una deuda de agradecimiento.
Cuando el tiempo serena los ánimos y las costumbres, entre humillación y pobreza, llega a la adolescencnia y consigue salir del ambiente enrarecido a servir a la capital, como sus primas, como tantas otras. Pero, a los pocos meses, con 14 años, tiene que volver a su cárcel rural para hacerse cargo de la familia, padre, hermano y una chiquilla de siete u ocho años, tras la prematura muerte de su madre, que apenas había sobrevivido unas semanas a la muerte de su hijo.
Un poco de hambre, mucho trabajo, mucha pobreza, mucha necesidad y mucha dignidad para vivirla la llevaron a casarse, salir de su casa y, poco después del pueblo. Esperanzas de una vida un poco más sosegada, con menos incertidumbres. No le asustaba el trabajo.
Diecisiete años después, pierde a su hijo menor. Un adolescente que muere en un accidente escolar. Pocos meses después muere su padre. La pérdida del hijo es un dolor desl que jamás se librará. Cada mes de julio se nubla.
Los avatares de la vida van dejando huella en su menguado cuerpo. La pérdida de su otro hijo y padre de sus nietos es tremenda, pero aún comparte el dolor con su marido. Y otro periodo de pérdidas, la de su hermana pequeña casi su hija, su hermano mayor y su marido la dejan en una soledad y angustia, que su vitalidad y los cuatro bisnietos apenas puede paliar en las noches que la pastilla no termina de cubrir.